El ferry desde Atenas avanza lentamente y el aire de las Islas Cicladas, muestra la verdadera esencia griega. Allí donde el azul y blanco se entremezclan y las aguas turquesas se apaciguan, la bella ciudad de Santorini emerge imponente en medio del Mediterráneo.
Cuando los pies se sitúan en el puerto local, deleitan el ambiente los aromas a pescado fresco y frutas de estación, que ilusionan el paladar e invitan a saborear gustosos, la tradicional gastronomía del país. La vista se extiende de este a oeste descubriendo dos desafíos enormes: los 586 escalones que separan al puerto de la cima de la colina y se pueden realizar a pie o con los sacrificados burritos que ascienden y descienden a diario; o, por el contrario, disfrutar la comodidad de un teleférico.
El ascenso es casi una analogía de nuestras vidas, para lograr algo épico, hay que esforzarse de corazón. Si el paisaje era maravilloso desde el puerto, la cima es un placer visual inconmensurable. Casi como si fuese un laberinto, se vislumbran las casas y tiendas de souvenirs. La tranquilidad del lugar es un fiel reflejo de la hospitalidad de sus habitantes, siempre dispuestos y amenos con quien lo necesite.
Me siento en un banco de la plaza a escribir un relato del lugar, rodeado de naturaleza y paz, con el mediterráneo a mis espaldas. De repente alzo la mirada y me pregunto… ¿Esto será en verdad la mítica Atlántida de las leyendas? No lo sé, pero estoy dispuesto a averiguarlo.
Bustos, Sergio Gabriel.