Encargado desde hace años de la Dirección General de Archivos en la ciudad de Roma, me dediqué a revisar los anaqueles que, olvidados en una de las dependencias más antiguas, jamás fueron inspeccionados. Las cajas allí apiladas tenían etiquetas con fechas imprecisas: 1230; 1573; 1699; 1848; 1967 y 2100. Toda mi atención recaló en la última de ellas, “no debe existir nada más atractivo que indagar el futuro” pensé. Abierta la caja, un adminículo informático que nadaba solitario en su interior, fue activado inmediatamente en mi computadora. Leídas una y mil veces las tres únicas palabras que su archivo contenía, aún hoy no dejan de sorprenderme: “Dios no existe”. Destruí la caja y su contenido. No me pareció oportuno divulgar ese secreto, todos sabemos lo que les pasaba a los mensajeros en la antigüedad. Eso sí, al día siguiente y sostenido por mi amor hacia esta humanidad huérfana, renuncié al trabajo y me dediqué a difundir el evangelio.
Piero De Vicari