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Me acuerdo de que en aquella casa militar de Ronda donde vivíamos, en medio del jardín, había un membrillo. Daba frutos duros como piedras, que yo arrojaba contra el muro. Cómo me impresionaba el sonido de su impacto. Buum-bum-bum, cada día. Buum-bum-bum, cada vez.

Con el tiempo fui logrando que el estruendo fuera aún mayor. Le apuntaba a latas que sacaba de la basura, y a una lámina de chapa que encontré abandonada. El ruido era lo único que me calmaba. El estruendo que hacía acababa desquiciando a los vecinos, que armaban bulla quejándose a voz en grito.

Siempre acababa igual. Mi padre salía todavía con un cinturón en la mano y me cruzaba la cara. Voceaba cuatro insultos a los vecinos, y tambaleándose, se marchaba al bar, dejando allí tirado el cinto. Mi madre tardaba un poco en salir, avergonzada y agradecida. Me abrazaba fuerte contra su pecho. Ese era mi pago. La cara me ardía. Al fin, el silencio. Ya se habían calmado los gritos en la cocina. El cinturón de mi padre, en el suelo, también guardaba silencio para ella.

César A. García Beceiro

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