Crucé la calle de forma rutinaria, pero aquel día, a diferencia de otros, algo llamó mi atención y me obligó a girar la cabeza y observar aquellas ruinas, tan familiares como ignoradas por la mayoría de transeúntes que diariamente recorríamos su perímetro. Permanecían silenciosas, observando. Nunca me detuve a pensar en su importancia hasta hoy. Inmersas dentro de aquel amasijo de edificios y avenidas que las bordeaban, comprendí que eran el hilo conductor entre el pasado y el presente; la evidencia de que el tiempo había pasado. El descuido y abandono, habían logrado convertir ese lugar, en otro tiempo majestuoso, en ruinas hoy, cubiertas por plantas trepadoras y arbustivas. Sin embargo, algo había cambiado en las últimas horas. El umbral de entrada a las ruinas de la antigua muralla y de la alcazaba había desaparecido. Mi curiosidad me llevó a cruzar el cerril espacio que había dejado su desaparición.
Ya dentro, contemplé atónita que una desvencijada escalera aparecía de la nada y una fuerza inexplicable me empujaba a subir sus peldaños de piedra; el último era inexistente. Un abismo se abría delante de mí. ¡Imposible continuar!
─ «¡Mi Tesoro!»─ escuché incrédula; seguidamente un rayo de sol iluminó la abrupta oscuridad. Indescriptible lo que mis ojos percibieron. Quedé fascinada. Miles de libros apilados y cubiertos de polvo, ocupaban la estancia; protegidos del tiempo y de los hombres por alguien. Rápidamente la escalera se desvaneció bajo mis pies y caí.
Todavía hoy sigo buscando esa antigua biblioteca y su guardián.
Gloria Isabel Pedrazuela Frías