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Una oficina blanca, dos pizarras -llenas de ideas creativas-, una impresora, una papelera llena hasta arriba de basura. Un ordenador obsoleto que aún aguantaba lo suficiente como para no cambiarlo. Sentado en un sillón orejudo, un fantasma corpóreo tecleaba. Llevaba muerto tres días, aunque él aún no se había dado ni cuenta. 

Se comprometió a acabar su obra en tres meses. Él sólo. Se encerró, desde entonces, en su oficina. Apenas comía, dormía en un futón, en el suelo. “Esta será la obra cúlmen de mi empresa, levantaré el negocio, acabaré mi videojuego aunque sea lo último que haga”. Se decía, en bucle. Los dos primeros meses aguantó como un tigre, tecleando más de catorce horas al día, programando, dibujando, perfilando el videojuego. A veces, se levantaba durante la madrugada, sudando, para seguir programando. 

El tercer mes empezó a sufrir espasmos, dolores cervicales, náuseas y temblores que le impedían trabajar. Sufrió un paro cardíaco, ni se dio cuenta de su muerte. Tras morir, se sintió liviano, capaz de estar despierto sin el peso del sueño, incapaz de sentir sed o hambre. Tenía fuerzas suficientes para acabar con este proyecto, su voluntad sobrepasó los límites de la vida. El último día del tercer mes, terminó. La habitación, le había dado un último regalo: dejarle acabar su obra. El fantasma, sonriente, envió su proyecto. Y, con suavidad, comenzó a desvanecerse. Su cadáver también desapareció, absorbido por la oficina.

 

Fernando Grande Ruiz

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