Amaneció florecida, como aquellas glicinas que en septiembre estallan en la pérgola de la casa. Estaba llena de cosas, mariposas, espejitos, de líneas que subían por sus piernas y se enredaban en su melena. La tierra se abría a su paso. Los ojos, cual girasoles, buscaban el sol. Olía a fresias y a jarilla, el barro le tapaba las manos, o las manos eran de barro y ella las tapaba. Bajaba al caer el día, llena de nudos y pimpollos. Y volvía al amanecer florida. Ella era un jardín, un santuario.
Maria Manuela Cuello