Vemos cómo el polvo descansa sobre la superficie de cada objeto. Hace más de diez años que este reposa en la oscuridad del lugar, como dueño y señor de todas las cosas que están allí. Es un organismo que a través de las sombras y el tiempo aumenta su magnitud.La calma es su alimento, su hábitat.
Lo único que hace inquietar a las virutas es un rayo de sol que se cuela por la hendija de una de las ventanas. El rayo de luz entra todos los días, a la misma hora. Durante este tiempo las partículas de polvo flotan en un estado ingrávido a través del haz, y se dispersan, ambos, el polvo y la luz. Es una batalla en la que ninguno de los dos pierde ni gana.
Si hacemos un time–lapse (tomando como momento de inicio: diez años atrás; y como secuencia específica de tiempo: un minuto después de la entrada del rayo de sol y uno antes de su desaparición), nos daríamos cuenta de que la relación que sostienen estas dos entidades no es una batalla, más bien es una danza.Una conjunción de luz y sombras que crea vida.
Escuchamos un ruido seco, un torrente de luz entra por un vano. Nuestros ojos, poco a poco, se van acostumbrando a la claridad y vemos a los nuevos habitantes de la casa.Lo que no saben ellos es que sus ansias de vida para el lugar es la propia muerte de este.
Reinaldo García Martínez