He llegado al compás de las aguas del Júcar, retocando sus hoces y atentas hacia el oro y el verde del naranjal valenciano.
Y me detengo en Alcalá del Júcar. Me topo con la gracia y la imagen de este precioso pueblo, uno de los más bonitos de España. Sus casas enjalbegadas son como vestidos de novia.
Alcalá del Júcar es un pueblo blanco, de ensimismada beldad. Su blancura se arrima a todas las fachadas, pinta alféizares y tejaroces. Es como un baño de luz, una nevada resplandeciente, que penetra en la intimidad de los hogares.
¿Qué hay cuestas? Son el postín de este pueblo, donde el Júcar le sonríe, deslizándose entre sus hoces tranquilo y rumoroso.
Ver desde estas hoces Alcalá del Júcar es un sorprendente y admirable espectáculo. Qué maravilla observarlo con sus calles entrelazadas, desplegando su sosegada ilustración urbana. Constituye un paraíso escondido, relevante, abierto a la luz.
Lo manifiesto: Alcalá del Júcar es tema pictórico y fotográfico. Tiene temperamento blanco con el florón de su castillo, alzado a un costado, por encima del apiñado e indescriptible caserío.
Alcalá del Júcar, coronado de luz, es convocatoria viajera, bandera blanca sobre el Júcar. Me apresa su imagen. Y le doy mi cantar, para escanciar por sus rincones la esencia de la fascinación. Es como un ensueño romántico. Pueblo acaudalado de remansos, con sangre de río. Se sube por los hombros de la fama turística. Y es cierto, se agranda en asombros, como un ballet de espirales blancos.
Luis Gispert Macián.