Hacía veinte años que había dejado su pueblo. Fue al cumplir la mayoría de edad y advertir que le quedaba pequeño ante su deseo de comerse el mundo. Y lo consiguió. Aunque en ocasiones sentía que era el mundo quien devoraba su vida entre hoteles , aeropuertos y vuelos agotadores. Por ello, antes de ser consumida por completo, había decidido parar .
Hoy regresaba a casa y lo hacía como una pasajera más, aunque sin poder evitar musitar desde su asiento ,las instrucciones que formaban parte de su rutina como azafata de vuelo.
Después se subió en aquel autobús que le transportaba a su época de estudiante, de madrugones y sacrificios para alcanzar aquel futuro, ahora presente, tantas veces diseñado en su mente ,mientras veía el reflejo de su rostro en la ventanilla fundirse con el verde paisaje, como lo hacía ahora.
Por fin vislumbró el mar Cantábrico, las casas de los pescadores, el pequeño puerto y… volvieron los recuerdos.
Paseó hasta la playa y como una niña se quitó los zapatos , pisó la arena y dejó que la brisa acariciara su cara y revolviera su pelo. Escribió su nombre para verlo desaparecer borrado por las olas y se sentó bajo el faro esperando la noche para verlo competir con el brillo de las estrellas. Y al hacerlo él iluminó su camino.
Comprendió que su lugar en él mundo estaba allí , en los rincones de su infancia que como un tesoro guardaba su corazón. Que siempre podría regresar.
Y entonces… fue feliz.
María de la Cruz Suárez Fernández