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Estaban en Ávila, en las inmediaciones de San Vicente cuando Laura, con una voz fría que nunca le había escuchado, le dijo que si quería hacerla feliz desapareciera de su vida.

            Él cerró los ojos y sintió sus pasos alejarse. Y allí se quedó hasta que una lágrima resbaló por su mentón y se puso en marcha para sacudirse el frío que lo había inundado.

Primero recurrió al láser para que borraran su nombre que, al poco de conocerla, se había hecho tatuar en los huesos. Después le cambiaron toda la sangre, porque era el único modo de eliminar por completo la lauricina que corría por ella. Más tarde le sustituyeron la piel, sin duda contaminada por su contacto, por una sintética con mejor efecto termorregulador y cien veces más resistente a la abrasión como pudo comprobar cuando la añoranza y el recuerdo lo llevaban a dar furiosos puñetazos en las paredes.

Más tarde no le quedó más remedio que recurrir a Harvard y someterse al programa experimental de un irreversible borrado de memoria. Fue el proceso más doloroso, porque muchos recuerdos se amotinaban, se resistían a desaparecer, y hubo que extirparlos directamente del cerebro de manera quirúrgica.

Y ya de paso, como le habían aconsejado, se cambió el corazón por uno biónico, garantizado contra infartos y amores por cincuenta años.

Salió a la calle convertido en un hombre nuevo, con visos de ser feliz, pero muchos decían que su sonrisa era un poco estúpida.

 

Francisco Germán Vayón Ramírez

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