Empiezo al amanecer, repicando las campanas de la iglesia. Después hago de vendedor o de cliente, según sea jornada par o impar, en la panadería de Lucio. Más tarde improviso algún pregón, pastoreo brevemente ovejas imaginarias, o reparto cisco de puerta en puerta. Reviso que el reloj del ayuntamiento esté en hora, almuerzo cada día en una casa, y me aseguro del funcionamiento de las bombillas que, a pesar de todo, se siguen fundiendo. En la sobremesa imito las conversaciones de Juana y Petronila junto a la fuente, y cuando atardece remedo las risas de los niños, que siempre me salen demasiado aflautadas.
En verano, además, debo sustituir tanto las voces de todos los que ya no vienen a pasar las vacaciones a Villarroya como los besos de los primeros amores que dejaron de ocurrir tras las esquinas, y llego a la noche agotado. Eso sí, a veces, si cumplo con cada una de las tareas y el rumor del viento acompaña entre las ramas, tengo al cerrar los ojos la breve y agradable sensación de que no soy el único habitante de este pueblo.
Raúl Clavero Blázquez