Me gustaba acompañar a mi madre al Mercado Central, perderme entre los sacos de legumbres y hundir a mi pirata de plástico en las profundidades de las lentejas. Cuando mi madre terminaba de hacer la compra, yo buceaba con mi mano y lo recuperaba de nuevo, imaginando todas las aventuras que habría podido vivir mi muñeco en aquella extraña expedición. Desgraciadamente, una tarde mi madre se entretuvo más de la cuenta y el pirata ya no regresó. Tuve que patalear, llorar, arrastrarme frente a ella hasta que el tendero, por piedad, volcó el saco de lentejas sobre una manta.
-Qué extraño – susurró al comprobar que no había ningún juguete entre las olas de aquel mar leguminoso.
El disgusto me duró meses, e incluso le escribí una carta a mi pirata preguntándole dónde estaba. Me cansé de esperar su respuesta y, poco a poco, fui olvidándome de aquella historia. Hoy, cincuenta años después, la he recordado al encontrar al fin en mi buzón un sobre con matasellos de un país imaginario. Dice mi pirata que está harto de viajar y que quiere volver a Zaragoza. No aclara la fecha de su retorno, pero por si acaso, yo ya le estoy preparando un plato de lentejas.
Raúl Clavero Blázquez