Emprendí mi marcha una fría mañana de enero intentando encontrar una forma de recobrar la magia que creía haber perdido. Te dejé atrás, te abandoné de forma egoísta intentando saciar un ego que colmaba mis entrañas. Estaba dispuesto a cualquier cosa por llegar a ser quien quería ser, obtener una fuente de inspiración valía para mí cualquier sacrificio. Anhelaba ser el mejor y no me importaba pagar cualquier precio para conseguirlo.
Surqué cada uno de los océanos, recorrí decenas de países y cientos de ciudades me abrieron sus puertas. El asiento de algún coche guarda todavía la forma de mi cuerpo, incontables camas de motel conservan aún mi aroma, el número de aviones que cogí durante ese tiempo es una incógnita y, sinceramente, dormí en trenes y autobuses más veces de las que me gustaría confesar.
Los años fueron haciendo mella; pasaron lustros y, con ellos, llegaron las arrugas a mi cara, las manchas a mi piel y mi pelo se tiñó de color ceniza. Necesité hacer miles de kilómetros y visitar los lugares más inhóspitos y espectaculares del planeta para darme cuenta, cuando volví a casa al final del viaje, de que todo había sido en vano, pues aquello que tanto añoraba, el rincón que tanto buscaba, eras tú.
Sergio Ferrer