Había sido un largo viaje para Ángel y estaba deseando llegar a casa. El tiempo pasa lento cuando uno tiene que cruzar medio país en autobús, pero vale la pena si la recompensa es disfrutar de una semana con los tuyos en tu tierra.
Nada más abrir la puerta percibió el usual olor a galletas recién horneadas que había caracterizado su Navidad desde que era un niño. Era un aroma que siempre le transportaba a su infancia, era un perfume a amor, a hogar, a paz. Sin embargo, este año, el reencuentro era más amargo que de costumbre. Por primera vez en su vida era su madre quien preparaba las galletas y no su abuela, que les había dejado hacía poco.
“No debemos permitir que nada estropee nuestras tradiciones, no toleraremos que la tristeza nos robe la Navidad y no nos deje celebrar el amor en familia”. Esas fueron sus palabras cuando falleció el abuelo unos años atrás y no habría nada que ella quisiera más en el mundo que vernos aplicar ese mismo lema en este momento.
Así que, siguiendo con la costumbre, comieron las galletas y fueron a pasear por la costa de San Fernando. No hay nada como el tacto de la arena en los pies para sentirse libre, ni nada como el agua fría golpeándote los tobillos para sentirte vivo y lleno de inspiración para escribir estas palabras, que son de despedida.
Sergio Ferrer