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El corazón del pueblo palpitaba en el centro de aquella plaza vieja, en donde, desde no se sabía cuándo, estaba situada la iglesia de Nuestra Señora de la Luz Marina, que era pequeña, de piedra caliza y formas redondeadas. Sus campanas, de plata bruñida, marcaban con alegre repiqueteo las horas inquietas del día y, con discreto susurro, los dulces silencios de las noches.

De la plaza salían callejuelas pintadas de blanco y añil, que iban a morir, bulliciosamente, en la playa que abrazaba el pueblo. El sabor de la brisa salada del mar, parecían encalar las paredes de las casas, y el rumor de las olas se escurría, juguetón, entre cortinas de ganchillo celeste.

El suelo de las calles era de arena gruesa y dorada; los pies de los habitantes, apenas cubiertos por ligeras sandalias de cáñamo, resonaban en él, quedamente, como un ligero crepitar de fuego.

Allí el sol solo sabía de ocasos. Pero para la fiesta de Nuestra Señora de la Luz Marina, ocurría que el mar se tragaba al sol y por unas horas nacía la oscuridad, entonces, los hermosos faroles de blanco metal y crujientes cristales se encendían.

Cuando aquello sucedía, todos, sin excepción, contenían la respiración, y un silencio hecho de gasa y seda se extendía por el pueblo; al tiempo que la llama nacía y crecía estallaban, desde todos los rincones, risas limpias, como diminutos cascabeles de sal y plata, que ensordecían el aire.

Después, poco a poco, regresaba de nuevo el ocaso.

 

 

María Jesús Pérez Barrios

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