Decidí sentarme en la orilla húmeda, notando el ir y venir de las olas que me mojaban las piernas de ideas y sueños cuando miraba hacia adelante, en dirección a la enorme manta azul que lo cubría todo. La gran bola de fuego que había sido la responsable de mis sudores de ese día decidía que se iba, sin despedirse. Eso sí, no sin dejarnos una preciosa sustituta gris que salía por el lado opuesto. Le di otro sorbo a mi cerveza mientras observaba a mi compañero de día irse, pensando todo lo bueno que me había dejado. El frescor del líquido ámbar entraba en mi boca y notaba como empezaba a descender por mi garganta. Estaba feliz, en paz, tranquilo. Nadie me molestaba. Decidí que ese podía ser un buen lugar para empezar. Me recosté en la arena seca, que hacía de frontera con la orilla húmeda, y cerré los ojos. Empecé a imaginar lugares e historias increíbles mientras el romper de las olas penetraba en mis oídos evitando el silencio absoluto que tanto me molestaba.
Estaba a gusto, empecé a crear.
Rodrigo Torres-Quevedo de la Mota