De niño venía a verte con mis padres y anidaban en las ramas más altas de tus árboles mis sueños e ilusiones. La inmensidad de los Picos de Europa tatuó para siempre su alma en mi juventud. Años más tarde, una noche de junio, te confesé en silencio, bajo la luna, que amaba el verde de tu mirada, que mis desvelos de madrugada guardaban el aroma y la mirada de las hayas y los avellanos. Tu magia y tu misterio le daban paz a mis huesos. Una paleta de tonos ocres pintaba el aire y la hojarasca. Rebecos y corzos me miraban. El Cares y el Sella surcaban como arterias tu cuerpo.
Pero la vida y el destino son caprichosos e inevitablemente, el paso de los años escondió mi cuerpo en la urbe, ajado por el ritmo frenético del calendario y me separó de ti, como quien traza un abismo entre el amor y el deseo. La soledad entonces se apoderó de mí.
Hace unos días soñé contigo y me levanté decidido a cambiar el curso de las cosas para volver a verte. Al llegar a ti y mirarte de nuevo, me emocioné. Pensé que no me recordabas, pero al abrazarte, en silencio me has dicho que sí.
Alfredo Pérez Berciano