Fue aquella tarde, en la que el silencio triunfó al detenerse el tiempo, que Matías había salido de su oficina al terminar el trabajo, para tomar el metro a casa, a su cuarto anhelado. En contraste con las mareas, ahora ralentizadas, de gente en las calles, su andar resultó más ágil que el de los demás, a pesar de las agujetas de ocho horas frente al escritorio, despachando pendientes. Hasta las bocanadas de humo de la ciudad andina aparentaban haberse detenido en el cielo. Y parecía que la luna, que sutilmente se había presentado a esa hora del ocaso, sonreiría para siempre en aquella tarde, atravesada por una nube, con forma de gajo de manzana. Las primeras estrellas, en los confines del cielo, fácilmente hubieran servido a un gigante como escalones, para alcanzar la bóveda de los enigmas del universo. Pero fugazmente, a Matías el mundo se le antojó para devorarlo entero, consumirlo sin reparo, que olvidó que las abejas y colibríes yacían incrustados en el aire, cual átomos en el vacío. Y sin embargo, se bastó con atravesar la frescura del ambiente cual repetidas cortinas de seda; ya que la calle era un ensueño, que transmutaba de gris a color cielo, ensueño azul, en el que los pasos eran como enmarañarse con las sábanas durante el sueño; y el gigante le sonreía desde arriba, y una musa estaba por allí, sobre una nube, con sus tiernos cabellos reposados junto al cielo, y sus labios prestos, a extender un beso.
Rodrigo Norman Aguirre Altamirano