A lo alto el cielo se expande tan gris como el cruel destino que me depara o la avioneta que nos traslada. Miro a mi alrededor con impotencia; soy consciente que no podré huir. Tampoco puedo pedir ayuda, sería en vano el intentarlo. Me encuentro a unos cinco mil pies de altura y para variar, rodeado de unos narcotraficantes que son inclementes a mis más fervorosas súplicas. Me metí con la gente equivocada y lo voy a pagar muy caro. Interrumpe mis lamentos el jefe, con una voz sofocada ordena: “¡Colocadle el paracaídas y arrojadlo a ese delator!”. Los matones brasileros acatan la orden al instante.
Mientras dura el lento descenso, entrecierro los ojos; lleno de pánico. Me encuentro a unos 33 kilómetros de San Paulo, sobre la Isla de Queimada Grande. Leí en Internet que la isla la habitan serpientes de color marrón claro, que miden hasta setenta centímetros y que se puede hallar inclusive un ejemplar por metro cuadrado. Observo a lo lejos, cerca de la isla, un viejo faro. Mi padre me contó alguna vez, que toda una familia que se encargaba de su funcionamiento, murieron asesinadas por las serpientes; que son cinco veces más venenosas que las víboras de tierra firme.
A pesar de la oscuridad, juro que veo sobre mis pies ese inmenso nido de cobras. Ya me imagino mi piel derretido en segundos por sus letales venenos. Hubiera preferido morir descuartizado, que chillando de dolor en aquél alejado rincón del mundo.
Yony Saavedra López.