Santiago de Chile, en los alrededores de la Vega Central, al norte del río Mapocho. Es la noche de Año Nuevo. Pasan taxis apresurados. Indiferente, la cartonera sigue empujando su carro por la mitad de la calle. Busca latas de cerveza vacías para vender como chatarra.
De algunas ventanas, abiertas debido al calor, de las antiguas construcciones de tres pisos sale la luz tornasol de un TV y las palabras excitadas de una animadora en una fiesta del mundo del espectáculo.
Abajo, en los recovecos de la arquitectura se acumula basura en
descomposición.
Ella encuentra una lata intacta. La abre con desconfianza. Se fija bien en el líquido espumoso que sale. La huele como una catadora. Por fin la prueba con la punta de la lengua.
Pasada la prueba, se la bebe de a largos sorbos ávidos, protegida de cualquier mirada en un rincón entre verjas y ángulos de la calle mal alumbrada por la que de todas formas nadie transita a esa hora.
Y el mundo se le cambia, se le ilumina y colorea. Y chispea.
A lo lejos, en la cima de la Torre Entel estallan fuegos artificiales.
Karin Kutscher Tardón