Todos estaban ahí, en la plaza, de rodillas, con las manos en la nuca. Eran miles, quizás millones; pero eso solo lo sabía él y sus diez hombres armados. Miró el bulto de papeles que acababan de trasladar al frente, todos con sus crucecitas en perfecto orden. Reflexionó un segundo, acarició su barba y tuvo una idea:
—La próxima vez no preguntaremos a nadie.
Lester Daniel Fernández Ballester