Esta «acqua alta» le parecía diferente y le cogió por sorpresa. Perdió sus herramientas al ser arrollado por una góndola que viajaba sin control. Se quitó la venda de los ojos y vio cómo todo el fruto de su trabajo desaparecía en el mar.
Desnudo como un niño cogió aire y buceó por las callejuelas de la ciudad en la que durante siglos había desempeñado gran parte de su labor. Comprobó, desolado, que los besos de los amantes flotaban sin rumbo, los suspiros se ahogaban muy por encima del puente de su mismo nombre y las palabras de amor eran arrastradas por su propio peso hacia el fondo del canal.
Emergió cerca de la Basílica de San Marcos que aún sobresalía unos centímetros sobre el agua. Nadó hasta la cúpula y allí —sin arco, sin flechas y con las alas mojadas— se sentó a llorar.
Elena Bethencourt Rodríguez