Intenta abrir la puerta, hijo –me suplicó mamá. Papá se llevó el dedo a la sien y susurró: “ésta mujer está loca de remate. Pero mamá llevaba razón. El alud de la pasada noche había sido de tal magnitud, que la cabaña que habían alquilado en Sierra Nevada, estaba medio sepultada bajo la nieve. Y yo tenía que hacer algo. Sobre todo, por mamá. Ella había sufrido mucho, no solo por mi larga enfermedad, sino por la crueldad con que, desde muy pequeño, me trataban mis compañeros de la escuela. Para ellos, yo solo era el chico de las muletas y el objeto de sus bromas pesadas. Y eso a mamá la enervaba, recordé mientras intentaba abrir la puerta. No lo conseguí. Mamá musitó: “no te preocupes, hijo. Pronto vendrán a rescatarnos” Después se hincó de rodillas y comenzó a rezar. Papá le volvió a repetir que estaba loca de remate. Que en la cabaña solo estaban ellos dos y que tenía que aceptar que yo había muerto hacía un mes. Pero mamá no estaba loca. Quien me preocupaba de verdad era él, pues nunca había sido creyente. Dado lo cual, le rogué a Dios que también me hiciera visible para el incrédulo de papá.
Trini Pestaña Yáñez