A pesar del temblor que entorpecía sus manos, encendió una a una las noventa velitas de la tarta de cumpleaños que le habían regalado las monjitas de la residencia de ancianos, el rincón del mundo que los Servicios Sociales del Ayuntamiento de Granada, habían tenido a bien asignarle a la viejecita aquella tan extraña que regalaba sus sonetos en las inmediaciones de la Alhambra. Una vez encendidas todas las velas, se acercó a la ventana. Su querida Alhambra, se alzaba sobre los tejados, imponente y soberbia, la misma que ella había admirado y alabado en sus poemas. “Se quedarán sin mí mis cosas desconcertadas” recordó que decía el poeta aquel. Suspiró y volvió a sentarse. Sabía que sus pulmones ya no le responderían, de modo que ni siquiera hizo el ademán de soplar las velas. Lo que sí hizo fue cerrar los ojos y pedir su deseo. Lo pidió con todas las fuerzas que le quedaban en la seguridad de que el hada buena de las solteronas inútiles, vendría a socorrerla. Al abrir los ojos, el hada estaba frente a ella. Gracias por acudir a mi llamada, mi hada buena. Veo que ha traído su varita mágica -susurró. El hada rió con ganas. ¡Hacía tanto tiempo que nadie la hacía reír! El humor de aquella anciana, se merecía un premio –pensó. Se alisó los pliegues de su túnica y escondió la guadaña.
Trini Pestaña Yáñez