El viaje al rincón comienza un día cualquiera, un soplo de aire que llega a tu nariz y captas el mensaje, ni siquiera necesitas una botella.
El viaje llama. Me llega el aire que voy a respirar; siento inhalar esa sensación de reír, de descubrir; palpo en mi piel esa inquietud, ese sentirse por dentro vivo y expectante. Voy.
Porque yo he venido a este rincón a vivir, a saborear aroma, a empaparme de paisaje, a subir a la cima.
Reclamo un viaje con su diario, sus preparativos, sus miedos, sus risas, sus amigos, los motes, los mosquitos, los colores, la emoción, el principio y final.
Amanecer y anochecer; mirarle a los ojos a la vida y aceptar que está llena de alegrías, ilusiones y sorpresas, y también de sinsabores, sustos y decepciones.
He venido a aceptar el desafío de llevármelo todo: besos y tortas, comienzos y rupturas, triunfos y fracasos.
Porque no quiero una vida a cachitos y recortada, yo la quiero entera. Quiero una historia con su trama, su intriga y sus desenlaces, con sus anhelos, sus “lo logré” y sus “casi lo consigo”. Quiero cuando me vaya sentir que he pasado por aquí.
Quiero tener cosas que contar. Quiero guerras, aventuras, amistades. Quiero conocer paz y adrenalina.
Porque no hay un rincón, hay mil, todos aquellos en los que, tras un día de viaje, de locura, volvamos a una habitación cualquiera, en un hotel sin nombre, solos o no, y la sintamos rincón, rincón de hogar.
Ana González Izquierdo