El nono Luis se puso de pié y propuso un brindis por la familia. Bajo la parra del largo patio el tintinear de las copas se intercalaron con las risas. Era la primera vez que todos se reunían desde que la abuela había fallecido. Algunos sentían nunca poder volver a la casa de su niñez después de haber perdido a su madre. Pero ahí estaban, esa noche sanjuanina, con su padre y hermanos y sobrinos y nueras. En casa.
El calor que irradiaba de las baldosas pronto fue barrido por un fuerte viento zonda, que trajo a galope toda la tierra Argentina por la que había paseado. Platos, copas, fuentes, sillas, todos emprendieron el rápido viaje al interior de la casa, en rápidas manos sacudidas por la risa. Al momento que hubieron entrado, se cortó la luz. Todo quedó oscuro.
Velas fueron progresivamente iluminando la mesa, mientras que una guitarra devolvió la música. La charla tampoco tardó en reanudarse, a veces interrumpidas por un bocado de ensalada de fruta, aveces interrumpidas por una anécdota. El suelo se cubrió de envoltorios exactamente a las doce: el momento en que le dieron permiso a los niños de abrir los juguetes bajo el pesebre. Allí los ponía la abuela. Misteriosamente, todos los juguetes tenían luces, que contentas daban vueltas al rededor de la mesa y por el patio llevadas por los más pequeños, como mágicas lamparitas iluminando la noche.
Esa noche la pequeña casa ya no dolía. El amor los sanaba.
Pablo Emanuel