El barrio vibraba en esos días de verano, todo se veía influenciado por la energía que emanaba de las coloridas casas. Yo miraba distraída por una de las ventanas del bar La Perla mientras revolvía impaciente el café que acababan de traerme. Para ser honesta no debería haberlo pedido, pero Malena se había atrasado al menos media hora. Pasaba mucha gente al lado de mí ventana: un niño tironeando la falda de su madre, un marinero en botas de goma, una joven en vestido de noche, un señor con sombrero de fieltro. Su andar llamó mi atención. Con confianza, sin apuro. Bajo el ala del sombrero dos ojos soñadores espiaban la vereda. Dos ojos marrones. Dos ojos que ahora me miraban. Dos ojos que no quería dejar de mirar. Torció sus finos y largos labios en una media sonrisa e hizo un gesto con la cabeza. Yo levanté mi mano. Él levantó la suya con una invitación muda. Fijé la vista en el café. Naturalmente no podía simplemente irme con alguien a quien no conocía en absoluto. Las razones, todas obvias, se apiñaban en mi mente. Pronto me encontré del otro lado de la ventana, caminando al lado de el misterioso señor, el café abandonado. Fue impulsivo, pero hasta hoy no me arrepiento. Vivir en La Boca no siempre es fácil. En un barrio tan porteño, tan ruidoso y melancólico es fácil pensar que todo es gris. Pero cuando las casas cargan el aire de energía, siempre pasan cosas mágicas.
Pablo Emanuel