-Tío, he pensado en llevarte de viaje para que desconectes un poco- comentó Chema mientras volvíamos del sepelio. – ¿Dónde te gustaría ir? Te llevo donde quieras-
-A casa de Isabel- respondí taciturno y algo abatido.
-Creo que no es el momento- respondió con un sutil tono de condescendencia. -Han sido muchos meses de sufrimiento y deberías alejarte un tiempo de allí- insistió con algo más de firmeza.
-Te equivocas Chema, para mí es el mejor lugar del mundo.- respondí, mientras le cogía la mano. -En casa de Isabel hay risas, recuerdos, esa nostalgia que te hace sonreír con los ojos humedecidos. En casa de Isabel está mi vida, nuestra vida, recopilada en fascículos de anécdotas, de confidencias, de complicidad infinita que sólo las almas gemelas pueden alcanzar. En casa de Isabel está el Señor Pato, ése superviviente que observa con sus ojos de porcelana policromada y atesora todos los secretos que durante años se han compartido entre esas paredes. En casa de Isabel huele bien, un aroma limpio, sereno, sinestésico, que ansío inhalar por el resto de mis días.- Hice una breve pausa, respiré y le miré a esos inmensos ojos que estaban a punto de desbordarse. – ¿Y sabes qué es lo mejor de todo?- le pregunté con plenitud y certeza absolutas.
-¿Qué tío?-
-Que ahora, más que nunca, está Isabel.-
Rubén Durán García