Cuenca, pictórica y fotogénica, con la reciedumbre de sus emblemas más universales. Ciudad Patrimonio de la Humanidad. Ciudad donde el paisaje roquero se expansiona con su impresionante barroquismo.
He estado en Cuenca y me ha cautivado de nuevo. El acento de sus colores, de verde y azul, revoletea como aves que llenan con su ímpetu volátil los ríos Júcar y Huécar, con las espectaculares hoces galanteadas de versátiles chopos.
Mis pasos se han emocionado recorriendo sus callejuelas desde la plaza Mayor, como la calle Alfonso VIII, edificadas sobre “siete cerros de plata” y viendo el encanto y el magnetismo de esas casas asomadas a los acantilados imperturbablemente. Hay que llegar a San Pablo para verla, para reconocer sus emblemas más conocidos, que descienden del siglo XV.
Cuenca es ciudad erguida, como su torre de Mangana, como su catedral, como otras iglesias aposentadas en el silencio, que el cielo creó.
Nobles maderas, portadas con herrajes vetustos, patios, blasones… Cuenca se amalgama con encanto, con brillo, con glorioso vértigo.
Abajo, Júcar, revestido de esencia serrana, desciende noble y henchido de placer, hilvanando recodos que abrazan su susurro, buscando el candor de caminillos donde siguen reverdecientes los pasos del pasado.
Cuenca, de topografía singular, marca su estilo en todo el mundo con su roca acantilada, inverosímil. Mágica estampa de esa Cuenca serrana, remachada de pinares, de trigos e imponentes riscos y mogotes, que esbozan los secretos de unas montañas donde cantan los ríos entre festones y hoces: Júcar, Huécar, Cuervo, Escabas…
Fina Marín Pérez