Su virtud había sido siempre patear los cobros en aquel punto que consideraba mágico desde los días remotos en que aprendía a correr detrás de los balones en la cancha de su pueblo llena barro la mayoría del tiempo. Sin proponérselo se fue convirtiendo en un hábil creador de goles olímpicos mediante jugadas inverosímiles. Así, lo fueron conociendo las muchedumbres que lo aclamaban y los equipos peleaban su contratación. No era un jugador destacado durante el partido y a no ser por sus iluminados toques en las esquinas donde la pelota se elevaba inalcanzable, hacía giros imprevistos y se metía en el arco causando los gritos de júbilo, nunca hubiera dado tanto que hablar en la televisión cuyas cámaras hacían alarde de sus golazos que rompían toda lógica. Un balón en posición quieta tomaba altura veloz y parecía suspendido en el aire como si pensara por cual ranura se introduciría dejando con la boca abierta a todos. Justo lo que pasó el día más trascendental de su vida en aquella final del campeonato. Faltaban treinta segundos para terminar el juego empatado cero a cero cuando la bola rebotó en un defensa y se convirtió en tiro de esquina. Con la tranquilidad que lo caracterizaba tomó impulso, le pegó al balón que se fue elevando hasta llegar frente a la portería, hizo varias curvas caprichosas, pero enrumbó fuera del estadio y desapareció sin explicación mientras las tribunas rugían enfurecidas y él deseaba ser tragado por la tierra.
Luis Ignacio Muñoz