Hondo caló la lengua mordaz, tal vez porque no lo esperaba. Se corta el fino resorte y el golpe en el rostro es una cachetada. Ahí está otra vez, con la guardia baja. Sentada en una
silla que no es suya, ignorando los dedos que la señalan y acusan. Todo pasa bajo el mantel. Lo piensan y finalmente lo dicen.
Años, vida… y sus ojos ciegos no han servido para advertir que no es bienvenida. Las medidas están puestas y no da la altura. Está ahí, otra vez, llegando a donde no la buscan, sirviendo amor en copa rota. Buenos Aires ya no era su lugar.
Ana Gabriela Riglos