Creo que nadie fuera de los límites de Tehuacán conoce el tianguis “Xochipili”. No es para menos, se trata de un mercadillo común de la región. Puestos de ropa, accesorios y negociadores; diálogos de “¿Es lo menos?” y tratos inmediatos. Nada extraordinario en la economía popular mexicana o su oferta turística. Sin embargo, para los asistentes a las clases extra curriculares en sábado resulta un escape del tedio. Gritos de “¿Cuánto traen?”, “Me sobraron 7 pesos de las copias” y “Pongo los 8 pesos de mi pasaje, no me importa irme caminando” dan pie a comilonas en los puestos de comida del Xochipili. Cemitas de pierna, milanesa y cueritos; gorditas de chicharrón y frijol; dobladas de pollo y res. Todo acompañado de un refresco grande y muchas risas. No importa cuánto das, puedes comer de todo sin que nadie te señale. Algunos crecimos y conocimos otros sitios y sus cocinas, pero siempre recordaremos esos tours gastronómicos. Los sabores, texturas y sabores de aquel sitio siempre serán memorables, quizá porque nos recuerdan esos gloriosos días de adolescencia.
Joram Morales Rodríguez