Cuando fui joven no tenía un centavo en el bolsillo, pero sí mucha pasión, y los rincones de Potosí eran mis cómplices. Una esquina oscura, a cierta hora, era el lugar perfecto para besar a una novia, abrazarla y acariciarla. La noche nos cubría con su manto negro y evitaba miradas curiosas. Podíamos llegar hasta donde quisiéramos, porque el frío característico, en cualquier época del año, obligaba a los transeúntes a regresar a casa temprano.
Los rincones solitarios y fríos eran el escenario perfecto para actividades que no serían bien vistas por la sociedad. En mi adolescencia, buscaba las mieles del amor y el placer de un desliz erótico, con el paso de los años, estos encuentros se tornaron rutinarios y faltos de emoción. Desde lo más hondo mis apetitos fueron creciendo.
Ya no buscaba dulces noviecillas, novatas en el arte del amor, su inocencia me aburría, prefería mujeres mayores y experimentadas, que no buscaban nada más allá del placer de un encuentro casual. A ellas podía infringir algo de violencia y al hacerlo sentí mi cuerpo excitarse al extremo. Por eso repetí la experiencia.
Una noche, no me bastó hacer mía a la cajera de un supermercado, no fue suficiente haberla maltratado mientras lo hacíamos, sino que rodear su delicado cuello con mis manos y apretar cada vez más fuerte hasta notar su rostro desencajado y sin vida me produjo un éxtasis desconocido e incomparable. En el rincón más oscuro de Potosí nacía un nuevo monstruo.
Eliana Silvia Soza Martínez