En un pedacito del Nuevo Mundo hay un pueblo mágico. De verde corazón y rodeado de cristalinas aguas. Descubrimos en los “Esteros del Iberá” un rinconcito desnudo a la naturaleza. No ha sido contaminado con la tecnología, las maquinas, ni esas cosas raras. Es mágico porque el tiempo no pasa para los habitantes del pueblito. Como esa abuelita!, de esa conocida esquina del poblado. Su ranchito de barro, paja e historias de antaño. Siempre rodeada de gallinas, loritos y melancólicos recuerdos. De vez en cuando unos ciervitos salvajes pasan a saludarla, solo para poner en duda su apodo de “salvajes”.
Algunas personas afirman que ella ya murió. No saben que nada muere en ese pueblito. La abuelita se hace presente cada año en las fiestas, cuando algún nieto la observa con nostalgia, y la invita a pasar a la hora del almuerzo y las largas charlas. Ya de tarde, cuando el sol se ruboriza vergonzoso, se escuchan algunas hadas de picos y plumas que anuncian el hermoso final en ese bosquecito encantado. Todos los hijos y nietos visitantes deben volver a la ciudad. Llenan sus carros de regalitos, experiencias y lágrimas. Mientras van saturando el almacenamiento de sus pupilas con esas imágenes infinitas de los primos correteando entre los árboles. Ya andan diciendo que la zona es “ Parque Nacional ”. Pero la nación no lo conquistó. El parque fue quien nos conquistó a nosotros. Es un rinconcito, sí, pero es mi rinconcito. Nuestro rinconcito.
Maximiliano Abel González