Querida Amalia:
Olía a selva, a musgos, a tierra mojada, a calor. A ese calor que no deja respirar. Así fue el día que desperté aquí, y todavía huele igual. He caminado por laberínticas rutas ancestrales que me traen al mismo sitio. Hoy cumplo veinticinco días en este lugar, llevo la cuenta para que no se me olviden los días que después no querré recordar.
Lo que más me atormenta es no saber de ti, ni de los niños; habrás pensado que los abandoné. El día que me cogieron ni siquiera me pude despedir.
Las tardes neblinosas me llenan de angustia, de no ser por tu recuerdo me dejaría morir. Me cuento mi propia historia una y otra vez, para aguantar un poco más. Echo de menos los días y las noches de mi vida.
La selva es como ellos, castiga y engaña, si no la conoces, te traga y luego te escupe para verte morir en su espesura. Hay veces en las que me pongo a gritar buscando ayuda, pero mi voz se queda flotando en el aire y regresa como perdida. No quiero caminar más.
La noche se asoma otra vez, mañana será el día veintiséis. Otro día en mi cuenta y transcurrirá como el día de hoy y como el día veinticuatro y como el veintitrés. Trato de sobrevivir acumulando recuerdos para que el olvido no triunfe, por eso cada día siempre empiezo contándome el primero, el que olía a selva.
Tu esposo.
Ruby Marcela Reyes Aguirre