La blusa ondeó al viento.
De pequeña la creían poca cosa, mendigaba una sonrisa, limosneaba una caricia. La niña creció sin calor, sin bondad, pero creció.
Apenas mujer le aconsejaban los hábitos, ella no creía en nada, solo en el destino, tenía fe eso sí, fe en ella, los hombres no la estimaban, tampoco ella los necesitaba, su cuerpo era suficiente para cobijar sus sueños.
Se hizo mujer. No era mujer, cierto es, pero llamaba la atención, del resto se encargaría la imaginación, su palabra y grácil persona. No creía tampoco en los estímulos, no se dejó llevar por las palabras, creía en ella. Su voluntad, heroísmo e imaginación la llevaron a la cúspide donde el destino no pudo evitar que se burlaran de él, el destino la quiso para sí y ella no estaba dispuesta dejarse intimidar por el desconocido de la humanidad: el destino, experto en obsequiar óbices en el camino de los débiles, y, dudas en la senda del hombre.
La mujer se burló del destino y encendió luces al corazón. El embrujo del destino no la enmudeció. Ella se burló del destino, no mostró debilidad ante la seducción; sedujo al amor e increpó a la vida; la mujer se burló del destino, no admitió ser su amante en noche de pasarela y aplausos, no mendigó sonrisas ni limosneó este homenaje del hombre que la ama en noche sideral.
Miguel Ángel Samaniego Vinueza