La noche estaba cayendo en el paraíso y la manzana seguía en su sitio. Roja, resplandeciente y de un vigor que demostraba por qué tantos mitos y leyendas sobre ella no habían sido en vano. Ni Blancanieves, ni la bruja mala del cuento, ni Jobs, ni Newton, ni Guillermo tell y su flecha, ni Magritte ni el hombre del bombín, ni siquiera Adán, nadie apareció en busca de ella. Tanta inspiración y creatividad en su simbolismo empezaban a mostrar agotamiento.
La serpiente se canso de esperar, al ver que no venía nadie reptó más allá del sol, que empezaba a dejar su lugar a la oscuridad. Justo en este momento, en el que el rayo verde aparece por un instante, se acercó Eva, con una sonrisa pícara agarró la manzana reivindicando su autoría. La mordió, despacio, sin prisa, saboreándola gustosamente disfrutando de su soledad; mientras, el cielo, empezó a llenarse de estrellas.
Justo Gonzalo Burcio