De pequeña pasaba las tardes en la biblioteca de mi barrio. Leía todo lo que caía en mis manos: cuentos, novelas, tebeos e incluso libros de divulgación. Y, al contrario de lo que se suele pensar, no se trataba de una actividad solitaria: además de divertirme y aprender, hice muchas amistades en ese templo subterráneo de la imaginación y del conocimiento (porque sí, se encontraba en un sótano, como una cueva a la que hay que descender para iniciarse en los grandes misterios).
Allí floreció mi amor por los libros, que con el tiempo enraizó en mi alma como una planta robusta y flagrante capaz de sobrevivir en las condiciones más adversas. Y allí se desarrollaron también mis ansias de aprender. Más tarde visitaría otras bibliotecas, no por ocio, sino por obligación. Aunque estudiar o documentarme para trabajos a menudo constituyera una fuente de ansiedad más que de placer, el sitio en el que llevaba a cabo dichas tareas se me antojaba tan acogedor como el de mi infancia. Y si antaño acudía a la biblioteca para viajar al pasado y a mundos de fantasía, ahora me transportaba al futuro, a mi futuro, al que yo misma me estaba forjando.
No sería quien soy en la actualidad de no ser por las bibliotecas. Y cuando veo a la gente leer, estudiar o escribir en las mesas que emergen de entre las estanterías repletas de libros, no puedo evitar preguntarme si su magia producirá el mismo efecto en esas personas.
Itziar Begoña Santín Ramón