Allá en aquella orilla desconocida, situada entre dos grandes ciudades, donde parece que en sus mejores tiempos cruzó un río, pero que en el invierno retorna tan caudaloso como peligroso; igual a una bestia con sed y hambre, desembocando en las fauces del abismo.
Por allá dicen que los espíritus rondan.
Dos infantes bajan a trote sin preocuparse por la extensión ahuecada de tierra, que a su alrededor amenaza con deslizamientos de tierra a todo aquel intrépido corredor sin delicadeza.
Los adultos la llaman la fosa del diablo, los niños simplemente creen que es un hoyo sin fondo. Se escucha el eco de los lamentos en las mentes trastornadas y en las más pequeñas solo el sonido arremolinado del viento.
Kathia Guiselle Vega Chavez