El pelo de mi Barbie era largo y rubio. No me gustaban las Barbies rubias porque ninguna persona que yo conociera tenía ese color de pelo.
Llené el lavamanos con agua y con jabón de manos hasta la mitad. No le saqué la ropa a mi muñeca porque no tenía. Apenas me las regalaban, dos semanas después andaban desnuda por el mundo.
La puerta del baño estaba cerrada y todos los adultos estaban del otro lado. Se oían muchas voces, más de las que normalmente se escuchaban en casa. Pero yo seguía concentrada en la necesidad de duchar a mi Barbie y después, hacerle una sesión de peluquería.
Ese día no había visto a mamá desde el almuerzo, cuando tuvimos que ponernos vestidos negros. Un color que pensaba que solo los adultos podían usar. Fuimos con ella y mis hermanas a un parque, a una ceremonia. Con fotos de él, de mi papá.
Ese día todos abrazaron mucho a mamá y ese día me dio mucho frío. Ese día me senté en las baldosas del baño y peiné a mi Barbie. De la que caían pelos rubios y plásticos.
Diez años después me diagnostican su misma enfermedad. Y ahora no puedo respirar, tiemblo, no marco bien los números, veo borroso. Me miro las manos. Inhalo profundo y corro al baño. Abro la puerta, toco las baldosas y marco a mamá. Poco a poco me resbalo para acostarme por completo en el suelo frío. Cierro los ojos. Este es mi lugar.
Ignacia Godoy Muñoz