El camino de ida no fue nada fácil. Con un asfixiante calor, tuve que subir enormes pendientes embarradas asiéndome a finas lianas y a raíces ancestrales que sobresalían de la superficie terrestre, pero conseguí llegar a la cima del volcán. Sin duda había valido la pena, era el paisaje más hermoso que había visto nunca. Una laguna esmeralda ocupaba toda la parte central de la cumbre, sirviendo de hogar para diferentes especies de peces tropicales. Durante horas me quedé sentado en una enorme roca al borde de sus calmadas aguas, disfrutando del silencio, solo perturbado por el dulce canto de los colibríes, que venían de vez en cuando a alimentarse con sus estilizados picos de las heliconias que adornaban la majestuosa selva circundante. La luz vespertina se atenuó, y una brisa suave comenzó a acariciar mis mejillas, devolviéndome de nuevo a la realidad. Emprendí el camino de vuelta a casa convencido de que la naturaleza escondía más tesoros como ese esperando para mí, y había llegado el momento de empezar a buscarlos.
Jenifer García Zarapuz