Tomar una decisión implica llevarla a cabo con todas sus consecuencias y creía que ser consecuente me aportaría una dosis mínima de felicidad, pero no es así. Esta mudanza me está costando horrores. Me voy sin quererme ir, porque en casa ya no hay espacio para mí. Te lo comiste.
Con el alma y la piel sudadas, descanso del montón de cajas llenas de expectativas incumplidas y echo andar por las callejuelas del barrio de pescadores, hasta que mis pies se hunden en la arena.
Siento ganas de llorar, pero estoy exhausta. Me desnudo y me quedo sólo con las bragas negras de algodón que tanto nos gustaban. Me acerco cabizbaja hasta la orilla. Mi sombra estilizada me recuerda que soy mucho más delgada que unas semanas atrás, pero no me siento especialmente atractiva, tú sabes porqué. Alzó la cabeza y vuelve a suceder.
Esta línea azul del horizonte tatuada en mis ojos desde que nací. Piel dorada y reluciente. Y ese sentirse ligera, húmeda y acogida. Cerrar los ojos, fingirme ausente. Dejarme mecer por tu vaivén líquido y acompasado. Abrir los ojos y observar tu inmenso reflejo azul. Silencio. Escuchar mi respiración y conectar plenamente con el centro de la tierra. El sabor proustiano de la sal enganchada en el cielo de mi boca trasladándome a mil veranos antiguos. Te reconozco, y tú a mi. Pertenecemos a aquellos que a su vez nos pertenecen, porque sino, estaríamos perdidos. Me reconoces, y yo a ti. Y eso me salva.
Patricia Pérez Baldero