Entre lodazales y selva, al sur del país, habita este grupo étnico. Su estandarte es un pájaro. Se lo dibuja de perfil, su pico hacia delante pero, a la vez, su cabeza vuelta hacia atrás. Un huevo, próximo a la boca, simboliza el futuro. El pájaro recibe el nombre de sankofa, etimología que suma tres verbos: san (volver), ko (ir) y fa (buscar). Se cuenta que toman sus decisiones con serenidad lenta, sin jerarquías, mirando hacia el pasado. Sostienen que sólo a través del pasado uno puede conocerse, que sólo con ese conocimiento uno puede tomar decisiones, y así avanzar. De ahí que la vida sea un ejercicio constante de memoria -la memoria de la tierra y de sus moradores, la de las batallas y las treguas, pero también la memoria más íntima, la de los cajones con llave y los álbumes de familia-. Y como en la vida uno avanza sobre su propio recuerdo, ese pájaro se vuelve también hacia la sombra de quien recuerda. Como espejos contrapuestos, la vida se siente un aluvión de referencias ausentes. Este convencimiento abarca todo, incluso al deporte: cada año, en los juegos de la primavera, la victoria consiste en repetir, con la mayor fidelidad posible, los resultados que ya se produjeron. Se celebra entonces el mismo vuelo de una jabalina, el resultado idéntico de una lucha que fue sólo simulación. Al terminar, todos bailan y beben y se besan. Están convencidos de que el futuro ya sucedió.
Daniel Dilla.