“Nantai”, era el líder de un ancestral pueblo de guerreros nativos americanos que habitó en el “Moki Dugway” (Valle de los Dioses), y llegado el momento le entregó el mando de la tribu a su hijo “Kunaq”… Estaba orgulloso de su primogénito, el cual le recordaba su intrépida juventud.
Durante una cacería ambos se separan rastreando una presa, sin percatarse que venían siguiéndoles el rastro. El veterano es capturado y llevado ante “Tanka”, su antiguo rival, quien triunfante se le acerca murmurándole al oído, y casi logra decapitarlo, cuando un zumbido en el aire congela el movimiento de su brazo, haciéndolo caer abatido por la lanza de Kunaq que furioso avanza como alma poseída obligando a huir a los restantes. Ya liberado, el padre recoge del suelo el arma del verdugo derribado, y al abrazar a su salvador, le roba el aliento clavándole el puñal sobre la espalda. Herido de muerte, el joven lo mira con reproche sorprendido ante la inesperada traición; pero el ingrato se sienta a su lado, y sosteniéndolo en su regazo le acaricia el rostro llorando arrepentido. Después se arroja contra el filo del metal abriéndose las entrañas… Mientras se mezclan las sangres de los moribundos, Nantai sujeta la mano de Kunaq dedicándole sus últimas palabras.
― Cuando fui apresado, Tanka me confesó que años atrás tuvo un romance con tu difunta madre… Y tú: “eres su hijo”.
Juan Carlos del Rio Garay.