No me había dado cuenta de cuánto tiempo llevaba corriendo, hasta que me detuve, y no supe dónde estaba. No encontré nada conocido ni que me conociera. Había logrado huir, como tantas veces me propuse, y un día, al despertar, salí corriendo y nunca miré atrás.
Parecía que habían pasado años desde el último respiro que había tomado. Ahí fue cuando la conocí y me dejó tomar su mano, para caminar lento, a su lado. Para cuando nos dimos cuenta, ya estábamos corriendo. Me gustaba tomar pasos agigantados. Nunca había tenido hogar, así que no había razón para detenerme. Quizá ella era lo único que se podía comparar con ese lugar, y ella ya me acompañaba a todas partes, al mismo ritmo con el que viajaba antes.
El problema fue que, cuando ella se cansó de correr, ya no pude yo detenerme. Estaba tan acostumbrada a huir, que no pude quedarme, cuando me lo pidió, con los ojos empapados y la nariz roja. Ni siquiera pude disculparme. No miré atrás. Le rompí el alma ese día y de paso perdí la mía. Ese rincón fue mío y lo abandoné, porque pensaba que era un mito eso que llamaban hogar, aunque ella fue el mío y no puedo recuperarlo ya.
Alisson Daniela Díaz Durán.