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Desató al perro y le lanzó la pelota.  <<Busca, bonito>>. Inspirando el húmedo aire del lago se sintió algo más libre. Echó la vista atrás y contempló los inmensos rascacielos, que empezaban a encender sus luces ahora que el sol se marchaba.

 <<¿Por qué ladras, amigo? >>, dijo comprobando que la pelota se había metido en una botella. Pero, ¡cómo!, si apenas cabía por el estrecho cuello. Intentó sacarla sin éxito y con la obstinación de extraerla volvió un arrebato, amotinándose de nuevo en su pensamiento el trabajo, las deudas, el divorcio. Lanzó el vidrio con furia al lago y mirando las montañas pensó en cualquier otro lugar detrás de ellas– quizá una playa– donde sentirse mejor.

 

La niña cogió la bolsa y trabó la puerta con la escoba. Bajó hacia el mercado saludando a las ancianas que reposaban en los arriates. El sol era un fino hilo. Cuando llegó solo quedaba un vendedor. <<Ahí tienes>>, dijo indicando un montón de peces sin eviscerar.

En la puerta, como cada noche, el olor a sal y el bufido del mar la atrapó. Se acercó a la orilla. <<Tras él exista, tal vez, un futuro mejor>>, pensaba, abstraída en el horizonte, cuando un ruido la sobresaltó. Algo había caído al agua desde el cielo. Pero, ¿que era?. Las olas, con su sereno espumeo, no tardaron en aproximarlo. La niña cogió la botella, sacó sin esfuerzo la pelota y se marchó deprisa, ansiosa por mostrarle el tesoro a su hermana.

 

 

Fernando Ortiz Pérez

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