Apoyado en el alfeizar observaba el humo de la taza sin reparar en el exterior. Sopesaba que si alguna vez tuvo prisa fue porque los lugares eran demasiado numerosos. Dio un sorbo con cuidado de no quemarse, recordando la agitación de los días previos a la partida y ¡oh!, a la llegada: ese divergente olor, los colores en nuevas tonalidades abriéndole las pupilas; sitios que fermentaron sus sueños y le transportaron, por así decirlo, a aquella concepción Kantiana de la estética en la que lo sublime lleva aparejado un movimiento del espíritu.
<<El sol asomándose a la Mezquita como nunca antes lo había visto; y la perfecta simetría en el reflejo del estanque que Irving detalló en sus cuentos; el vértigo ante el blanco horizonte desde lo alto del castillo, con las campanas desquebrajando el suelo; y también el mudo atardecer reverberando sobre las rocas; y el oleoso aroma en una noche sin estrellas, de croar dubitativo; ¡y cómo no!, la llamada a la luna en un suspiro.>> .
Creyó tan suyos aquellos lugares de rasgos dispares como lo fueron las risas, el llanto, la soledad, el silencio. Agarró el libro, del que aún no había leído la primera página, con la misma firmeza que desdén, como si le retara a impregnarle de algo desconocido. Pero escuchó el coche y se le encendió el alma. ¡Mi pequeño, mi nipotino!, gritaba bajando las escaleras con repentina y asombrosa agilidad, como si el tiempo se acabara de detener.
Fernando Ortiz Pérez