En ese bosque siempre eran las tres de la tarde, la hora de la Gran Misericordia. El arrepentimiento siempre estaba presente en el bosque de manos blancas, impetrantes, quejumbrosas. Observadlas como cálices abiertos, sus dedos deformes señalando nuestros pecados. Manos como enredaderas de piedra lechosa suplicando otra oportunidad, ¡implorando otra vida! Pero el deseo es imperecedero —quien más, quien menos, habrá testado esto en su propia piel— y mil existencias no valdrían para corregir sus yerros. No hay esperanza en el bosque de manos que lloran. ¿El infierno son los otros? No, de nada sirve mirar afuera: el infierno somos nosotros mismos. Esas manos que hoy nos apuntan mañana serán las nuestras, propios también sus uñeros de sal. Son las tres de la tarde, siempre la misma hora (in)clemente, y las manos de Wat Rong Khun repiten su mantra como un diapasón: «Ven. Tenemos paciencia. Te esperamos».
Carolina Navarro Diestre