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Se había prometido no volver a Setares, pero había alcanzado esa edad donde incluso los malos recuerdos son algo a atesorar. El camino era umbrío, nebuloso, soturno, y la pendiente fatigaba su pecho de ochenta nochebuenas. Resollaba como una mula vieja, lo que era, pensó. Los eucaliptos eclipsaban a los saúcos, la montaña era un refugio de humedad. Dionisio cruzó un puente de madera, uno de esos pasos creados para salvar desniveles del recorrido. El pueblo estaba cerca. Los tonos rojizos del ladrillo aguardaban arredro, las vigas podridas de salitre, el aljibe descosido. Y tras el frontón derribado, su casa. Se humedecieron sus ojos al recordar el cinturón de su padre, el trabajo infantil, las vagonetas de mineral. Entre zarzas, todavía se divisaba aquel puente que habían construido juntos: un puente de madera, sin historia, que nadie volvería a cruzar. Supongo que ese puente resumía su existencia y también justificaba su caminata de hoy. Al final todos los viajes son un regreso a la infancia. En la garganta de Dionisio se formó una tristeza ferruginosa. Y lloró.

 

 

Carolina Navarro Diestre

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