Había dado sus primeros pasos hace océanos y relámpagos azules. Jamás se enamoró ni enamoró. Sabía que aquel sentimiento corrupto es vil y venenoso. Miraba su reflejo y se preguntó si acaso era hombre, como todos. Y tras olas y mareas y nieve y hojas que caen y no reconocer su imagen decidió recorrer la Tierra hasta hallar el lugar adecuado. Sólo un sendero conduce a tal destino y cada paso se pierde, se olvida, como si el sitio no existiera. Se llega una sola vez y el camino desaparece, imposible volver. Se debe hallar otro para descubrir una nueva ruta. No llevaba consigo sino su memoria y la palabra; la dermis pétrea, fuerte; coraje y valor. Desnudo irrumpió en el mundo, desnudo yacía en él, espacio ignoto y cruel; errante organismo en busca del origen. Delante de sus ojos, en su entorno todo, figuras idénticas de transcurso perenne e inútil, ciclos de miseria que desbordan el espacio y producen dolor.
En el camino olvidó la cuenta de sus días cuando descubrió que el tiempo es ilusorio, un espejismo para ordenar las acciones de los hombres, para pensar que viven y olvidar que mueren. Advirtió que el mundo es una organización de falsedades dispuestas para perpetuar un secreto. Y durante su ruta pensó haber descubierto la verdad, pero mientras más aprendía menos comprendía.
Y olvidó el significado de las palabras.
Buscaba el mundo ideal, allí donde nacen las ideas.
La soledad: real compañera, auténtico ser.
Agotado, descansó, y soñó.
Jorge Torres